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El Mal de Ojo: La Oración de mi Bisabuela Curandera - La Tienda de Tata Magic: tienda Esotérica en Málaga

El Mal de Ojo: La Oración de mi Bisabuela Curandera

Descubre cómo la tradición de curanderas andaluzas combate EL MAL DE OJO con una poderosa oración y rituales ancestrales. Aprende a diagnosticarlo, protegerte con amuletos y saberes que han pasado de generación en generación. ¿Te animas a probarlo?

Mi bisabuela era curandera. De lo poco que me ha llegado de ella es esta oración para quitar el mal de ojo, y que hoy comparto contigo.

En los pueblos de Andalucía, el mal de ojo —el aojamiento— ha sido durante siglos una de las creencias más arraigadas del folclore popular. Se decía que ciertas personas, con solo mirar con envidia o admiración excesiva, podían transmitir una energía dañina. Los síntomas eran variados: llanto sin causa, fiebre, decaimiento, mala suerte... Y para cada mal, un remedio.

Las curanderas —mujeres sabias que guardaban el conocimiento de generación en generación— eran las encargadas de diagnosticar y sanar el aojamiento. Sus herramientas: hierbas, aceite de oliva, agua bendita... y las palabras. Siempre las palabras.

Abuela andaluza rezando

La Oración para Quitar el Mal de Ojo

Esta es la oración que mi bisabuela transmitió, perteneciente a la tradición oral andaluza:

Tres señores te miraron,
tres señores te aojaron.
San Juan, San Pedro y San Pablo
con el poder de Dios Sagrado
te quiten lo que te han dado.
Ojos malos que te miraron,
ojos buenos que te sanen,
con el agua y con el aceite
el mal de ojo se te quite.
Amén.

Esta oración se recitaba tres veces, generalmente al atardecer, mientras se pasaba aceite de oliva sobre la frente del aojado o se hacía la señal de la cruz con agua bendita. El número tres —la Trinidad— era sagrado en este ritual, como en tantos otros del folclore andaluz.

Hoy te la comparto con el mismo amor con que ella la guardó. Porque hay saberes que no deben perderse.

¿Qué es el Mal de Ojo?

El mal de ojo —conocido en Andalucía como aojamiento o simplemente el ojo— es una de las creencias más antiguas y extendidas de la humanidad. Aparece documentado en culturas mediterráneas, árabes, latinoamericanas y africanas desde hace miles de años. En esencia, es la transmisión involuntaria —o a veces intencionada— de una energía negativa a través de la mirada.

No siempre viene del odio. A veces viene de la envidia. Otras, de la admiración excesiva. Una mirada demasiado intensa sobre un bebé, sobre una cosecha, sobre un negocio que va bien... podía bastar para torcer la suerte.

Cómo se reconocía

Los síntomas del aojamiento eran reconocibles para cualquier curandera andaluza: llanto inconsolable en los niños, fiebre sin causa aparente, decaimiento repentino, dolor de cabeza persistente, mala suerte encadenada, sueño inquieto o sensación de pesadez en el cuerpo. Cuando los remedios habituales no funcionaban, se sospechaba del ojo.

Quién podía aojar

Se creía que ciertas personas tenían la vista más fuerte que otras —vista de ojo, se decía— y podían aojar sin querer. Los ojos claros, los bizcos o los que miraban de forma muy intensa eran los más temidos. Pero también la envidia de un vecino, el elogio sin protección de un extraño, o la mirada de alguien que te deseaba el mal.

Por eso mi bisabuela siempre decía: "Que Dios te guarde" antes de admirar a un niño. Las palabras también protegen.

El Ritual Antiguo: Huevos, Agua, Aceite y Tijeras

Pero la oración no viajaba sola. Iba acompañada de un ritual que mi bisabuela realizaba con manos firmes y corazón sereno, igual que le habían enseñado a ella, y a ella antes que a ella.

Imágínala: la cocina en penumbra, el olor a leña y a hierbas secas colgadas del techo. Sobre la mesa, cuatro elementos sencillos que cualquier hogar andaluz tenía. Cuatro elementos que, en sus manos, se convertían en medicina del alma.

Lo que se necesitaba

  • Tres huevos — frescos, a ser posible del día. El huevo, símbolo de vida y de absorción, era el receptor del mal.
  • Agua — preferiblemente bendita o de manantial. El agua limpia, purifica, arrastra.
  • Aceite de oliva — el oro líquido andaluz, protector por excelencia desde tiempos inmemoriales.
  • Unas tijeras — abiertas en cruz, para cortar el mal. El hierro siempre fue un metal protector en el folclore popular.

Cómo se hacía

La curandera colocaba las tijeras abiertas bajo la cama o la silla del aojado, formando una cruz de hierro que actuaba como escudo. Luego, con el primer huevo en la mano, comenzaba a pasarlo lentamente por el cuerpo de la persona: desde la cabeza hasta los pies, describiendo círculos, sin levantar el huevo de la piel. Todo esto mientras recitaba la oración en voz baja, tres veces.

Al terminar con cada huevo, lo cascaba en un vaso con agua. La yema y la clara revelaban el diagnóstico: si el huevo aparecía turbio, con burbujas o con formas extrañas, el mal de ojo estaba confirmado. Si salía limpio y transparente, la persona estaba sana.

El aceite llegaba al final: unas gotas vertidas sobre el agua del vaso. Si el aceite se expandía en círculos perfectos, el ritual había funcionado. Si se fragmentaba o hundía... había que repetirlo.

Los tres huevos, los tres rezos, las tres noches. Siempre el tres.

Así lo hacía ella. Así me lo contaron. Y así te lo cuento yo.

La Protección: Cómo se Guardaba el Mal de Ojo

Porque curar estaba bien. Pero prevenir era mejor.

En la Andalucía de mi bisabuela, la protección contra el mal de ojo no era algo que se dejara al azar. Empezaba desde el nacimiento —a los bebés se les ponía un azabache negro en la muñeca antes incluso de salir de casa por primera vez— y acompañaba a las personas a lo largo de toda su vida.

Los Amuletos del Pueblo

  • El azabache — piedra negra por excelencia, absorbe el mal antes de que llegue a la persona. Era el amuleto más común en Andalucía y el sur de España, especialmente para proteger a los niños.
  • La higa o figa — el puño cerrado con el pulgar entre los dedos índice y corazón. Un gesto y un amuleto a la vez, de origen muy antiguo, que se tallaba en azabache, coral o hueso.
  • El coral rojo — se creía que el coral cambiaba de color cuando absorbía el mal de ojo, actuando como un indicador vivo de la energía negativa recibida.
  • La ruda — hierba protectora por excelencia. Se llevaba en el bolsillo, se colgaba en la puerta de la casa o se quemaba para limpiar los espacios. Su olor acre ahuyentaba las energías negativas.
  • El ajo — trenzas de ajos colgadas en la entrada del hogar, no solo para la cocina. El ajo era un escudo invisible contra todo mal, incluido el aojamiento.
  • Las tijeras abiertas — no solo para el ritual de sanación. Colocadas bajo la almohada o detrás de la puerta, cortaban cualquier energía negativa que intentara entrar.

Los Gestos Protectores

No todo era físico. El cuerpo también sabía protegerse. Cuando alguien admiraba demasiado a un niño o elogiaba algo con exceso, la madre hacía instintivamente la higa con la mano, escondida en el bolsillo del delantal. O escupía tres veces al suelo —pó, pó, pó— para neutralizar el elogio.

También era costumbre decir "Que Dios te guarde" o "Sin mal de ojo" al admirar a alguien, como forma de desactivar el posible daño involuntario. Porque el mal de ojo no siempre era intencionado. A veces bastaba con querer demasiado.

La Protección del Hogar

La casa también se protegía. Herradura de hierro clavada en la puerta con las puntas hacia arriba, para que la suerte no se escapara. Ramas de laurel bendecido el Domingo de Ramos. Un cuerno de toro en la fachada. Y siempre, siempre, una imagen sagrada en la entrada: la Virgen, un santo de devoción, un escapulario.

El hogar era sagrado. Y lo sagrado no se dejaba sin protección.

Estos saberes viajaron de boca en boca, de abuela en nieta, de curandera en curandera. Hoy siguen vivos. Y tú, que estás leyendo esto, eres parte de esa cadena.

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